sábado, 4 de marzo de 2017

Papel desdoblado.

¿Has conocido la forma en la que el esmalte carmín desgarraba su piel?
¿Cómo, el rojo en el rojo, describía jirones biológicos? ¿Y el grito, el placer en el grito?
"Me he aburrido ya de todas las noches y del taciturno tabaco dentro de ellas"
Hablaste como si ya no fueras joven. Hablaste como si estuvieras muerta.

¿Sabes que me deshice en tus susurros de muerta? ¿Y en el carmín, en el purulento carmín?
El negro entraba desde el cielo hasta tu boca, y centellas crepitaban bajo tus incisivos.
"He visto la entrada, y no hay entrada. He visto la salida, y no ha salida"
Dejaste escapar un tranquilo, prolongado suspiro. ¿Resignación? ¿Vehemencia?

Había hormigas aplastadas bajo tus zapatos. Algunas mordían las medias rotas.
El barro había perfumado los dos lazos que adornaban tu empeine, tu fino empeine.
"La canción ha sonado varias veces; todos los días de todos los años. ¿Era un violín, o era un teléfono?"
Apretaste la escarcha del bordillo con los dedos, como si ello te hiciera sentir viva.

Un eco brotó de mi garganta, como un murciélago goleándose contra las paredes de una caverna.
Un coche pasó despacio delante nuestra, sus brillos metálicos reflejaron nuestras finas sombras.
"La inmortalidad no es intensidad. Siempre hay un precio. Mi precio es mi belleza"
Me dejé resbalar hasta que quedé recostado sobre la escarchada acera. Estaba drogado de melancolía.

Así, me miraste, ladeaste la cabeza y me diste tu paquete de cigarros. Hacía frío.
Chascaste los dedos y virutas de hielo perlaron tu chaqueta. Parecía que habías recordado la canción.
"He besado a listos, a estúpidos, a guapos y a feos. ¡Qué fatalidad desprendía su entrega!"
Mujer inconformista. Sonreí con suave ironía. Chascaste los dedos de nuevo.

Dibujé una tarta de cumpleaños con los cigarros. Otros los deshice en su miseria.
Un olor a café venía a veces desde una cafetería al otro lado de la calle.
"Tú has venido al mundo solamente para saber lo que soy yo, para abrirme y cerrarme"
Me concediste demasiado en ese momento. Un despecho muy natural en ánimo de fracaso.

Soplé los días dorados, viste en mis pupilas las infructuosas escaleras de caracol hacia el dónde.
No querías hablar del tema, así que cerré los párpados y la escalera se deshizo en velo desértico.
"Ya no somos nada. Hemos perdido nuestra fuerza al inicio, y todo porque somos demasiado perfectos"
Asentí mientras empujaba con el pie el paquete de tabaco, hasta que cayó a la alcantarilla.

Los espíritus aristocráticos viven como la bella voz tras el cristal empañado.
Anhelante, perfecta, ingenua, frustrada. Fugaces destellos prendiendo un triste anochecer.
"Dáme la mano. Es lo único que me alivia ya. He dicho adiós a todas las pasiones zafias"
Te arrojé mi mano como si fuera una herramienta pesada. La cogiste, distraída, como niña y su muñeca.

"Sólo me lamento de una cosa"
Una emperatriz, olvidada por todos sus súbditos.
"De no ser solamente el humo de aquella chimenea"
Unos labios de porcelana, bajo el profundo océano.
"De no ser solamente el olor de ese café"



lunes, 15 de agosto de 2016

«Breaking Bad»: más allá del bien y del mal.

Nota: la entrada contiene una franja de spoilers correspondientemente señalada.


«Doctor: mi esposa lleva siete meses embarazada de un bebé que no esperábamos. Mi hijo de quince años sufre parálisis. Soy un maestro de química sobrecualificado. Cuando puedo trabajar, gano 43.700 dólares al año. He visto a todos mis colegas y amigos sobrepasarme de cualquier forma imaginable, y en aproximadamente 18 meses estaré muerto. ¿Y usted pregunta por qué huí? 
[...] 
Pero lo que quiero...; lo que quiero, lo que necesito, es una elección. Siento que nunca he podido tomar mis propias decisiones. En toda mi vida parece que nunca he tenido palabra en absolutamente nada. Pero con esto último, el cáncer, todo lo que me queda es elegir cómo enfrentar esto. Estos doctores, hablándome de sobrevivir. Un año, dos años... como si fuera lo único que importara. ¿Pero cómo de bueno es sólo sobrevivir, si estoy demasiado enfermo como para trabajar, para disfrutar de una comida, para hacer el amor? Con el tiempo que me queda, quiero vivir en mi propia casa, quiero dormir en mi cama. No quiero tomarme treinta o cuarenta pastillas por día y perder mi cabello, o sentirme demasiado cansado como para levantarme, y con tantas náuseas que ni siquiera pueda mover mi cabeza. Un hombre muerto o una persona artificialmente viva sólo contando el tiempo... ¡No!»

«Breaking Bad» es una serie creada por Vince Gilligan que se estrenó en el año 2008 y que se terminó de emitir en 2012, tras un total de cinco temporadas y de 62 episodios. Su trama nos sitúa en la perspectiva de un profesor de química de instituto, Walter White; bueno, inteligente y modesto, pero a pesar de ello bombardeado por la desgracia: matándose a trabajar por las tardes en un lavadero de coches a causa de las penurias económicas que pasan, siendo ninguneado por las mañanas por sus alumnos –su enorme talento intelectual completamente desperdiciado–, víctima de un cáncer pulmonar inoperable... Pero es a raíz de esto último, de la noticia de su enfermedad, por lo que empieza a pensar en el estado en que dejará a su familia tras su partida, y asociarse con un antiguo alumno suyo, drogadicto, traficante de poca monta y problemático, para crear metanfetamina con un 99,1% de pureza, mediante la cual lograr un fondo económico con el que asegurar el bienestar de sus allegados una vez el cáncer le derrote. Sin embargo, esta decisión arrastrará consecuencias enormes en todos los sentidos, lo que le transformará irremisiblemente. O, más que transformar, yo usaría la palabra "evolucionar". Su lado más genuino brota y resplandece en llamas y sombras ante la certeza de muerte, y su amor a su familia se mezcla con un anhelo egoísta de vivir al límite.




«Breaking Bad» está lejos de la vastedad de medios, personajes, escenarios y paisajes de «Juego de tronos», del ritmo trepidante de la primera temporada de «Prison Break» y de la crudeza e instantaneidad de «The Walking Dead», pero aun así las supera a todas. Está considerada por muchos críticos como una de las mejores series de todos los tiempos; en la página de Filmaffinity está en el 2º puesto en series, y en IMDb en el 3º. Esto puede chocar al que empieza a ver la primera temporada, al igual que me chocó a mí. Un hombre "fracasado" que carga con mil losas a sus espaldas, en mitad de una ingrata marisma de tedio y reproches, que, ante la perspectiva de su muerte, cambia radicalmente el rumbo de su vida: opta por coger el toro por los cuernos. No es una guerra encarnizada entre siete reinos, ni una fuga a contrarreloj en una cárcel repleta de maniacos con una conspiración a nivel nacional de fondo ni un apocalipsis zombie; es algo que, si le restamos el toque original que ofrece el tema de la química y lo estrafalario que resulta que un hombre casero y absolutamente apocado y responsable como Walter White se ponga a fabricar droga (es algo así como que Nacho Vidal se ordenara devoto sacerdote ante una repentina revelación), la gran parte de lo que ocurre son sucesos que desprenden cotidianidad, en lugares y contextos relativamente aburridos. Eventuales escenas de acción no alteran demasiado ese estado. De tal forma, la primera temporada me resultó curiosa sin más, la segunda un hilo monótono que me aburría por momentos, la tercera un entretenimiento digno, la cuarta una plasta de inactividad en sus primeros capítulos y una subida de tono muy interesante en su segunda mitad, y la quinta temporada, un nivel superior que sólo puede reconocerse y valorarse teniendo en cuenta que se sustenta en la experiencia, en los pilares de las anteriores cuatro temporadas; en la quinta la obra maestra adquiere su significado.

El porqué me ha gustado mucho «Breaking Bad» –y, como digo, sobre todo su quinta temporada–, no es tanto por su trama ni por sus formas, dado que a mí nunca me ha atraído el tema de mafias, drogas ni los guiones técnicamente impecables pero aburridos como un naufragio; sino por la evolución psicológica de su protagonista. Bien es cierto que mientras que Walter es un tipo que en primera instancia encaja correctamente en una vida plenamente convencional, con su correspondiente mujer y sus correspondientes hijos, yo huyo de todo esto como de la peste (la verdad es que casarse con alguien como Skyler es lo más parecido a colocarse voluntariamente una correa de perro en el cuello y soportar los tirones y latigazos de una desaprensiva que tira tras ella; es más, de enamorarse de los mismos tirones y latigazos). Si la vida puede ser ya lo suficientemente decepcionante e ingrata en soledad, ¿para qué casarse con un ser decepcionante que a su vez engendre hijos ingratos? Hay malos tragos que no pueden evitarse, pero añadirse por voluntad propia otros tantos, me resulta, por pura lógica, una mayúscula tontería. ¿Pero qué hay de su trato, el de Walter White, hacia los demás? Ha sido un hombre cabal, justo y extremadamente considerado y paciente, y, a cambio de todo ello, los demás le tratan con condescendencia, una mofa soterrada: es un tonto, un buenazo, un previsible, un fracasado. Da igual que en realidad sea extremadamente inteligente, moralmente virtuoso y talentoso, el resto ni se entera, no saben valorar lo que hay detrás, y ni tan siquiera corresponder lo que hay delante. Así pues, yo, al estar sumido en una circunstancia similar aunque obvia y drásticamente menor, no podía menos que implicarme emocionalmente con el personaje: desquiciándome cuando él se desquiciaba, desesperándome ante la estupidez de los demás cuando a él le desesperaba igualmente, insultado cuando le escupían en el orgullo, victorioso cuando ganaba, etcétera. Incluso ahondaba en mi propio estado de paranoia, de planificación obsesiva; ambos somos parecidos en ese aspecto, y es por ello por lo que no me costaba trabajo adivinar sus tretas y aprobar sus sospechas hacia todo el mundo (que, por cierto, están lejos de ser infundadas). Por otra parte, su evolución de hombre "considerado y correcto" a hombre "maquiavélico y displicente" me resulta tan natural –en mí mismo siento en ocasiones esa extraña mixtura de personalidades, que generan el mismo absurdo mental que un litro de agua y otro de aceite en un estado de centrifugado constante–, tan personal, tan obvia, que era algo así como la materialización visual de una vida propia-paralela. Walter White tiene algo, de hecho, de personaje dostoievskiano; como Raskolnikov, hace el mal sin ser en realidad malvado. «Breaking Bad» tiene grabada en su piel aquella frase del «Fausto»: "Yo soy aquella parte de la fuerza que siempre quiere el mal, pero que siempre y a su pesar hace el bien".






Me resultaba desquiciante el hecho de que todos los personajes fueran en su contra, más premeditadamente (Gustavo) o más instintivamente (Marie). Todos anhelan traicionarle y verle destruido, acabado. Es como si los demás personajes contuvieran el aliento, presos de un estúpido estado de alerta o de miedo hacia él –como si ellos fueran pobres víctimas, cuando en realidad llegan a ser la mezquindad personificada–, esperando a que caiga preso, y así, de esa forma, ellos quedar "liberados" de su mala influencia –pobres angelitos ellos– y poder olvidarlo todo. Esto es simple y llanamente porque son egoístas, cobardes y carecen de visión. Expongo esta noción a continuación, aprovechando de paso para describir la personalidad de casi todos los personajes más relevantes.



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ESTA SECCIÓN CONTIENE SPOILERS Y NO SE RECOMIENDA SU LECTURA A AQUELLOS QUE NO HAYAN VISTO LA SERIE.
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Jesse Pinkman. Resulta en todo momento estrambótico y hasta cierto punto desconcertante que el único apoyo de Walter White contras todas las amenazas y tensiones a las que se enfrenta –aparte de Saul– sea su antiguo alumno de instituto, Jesse Pinkman, un drogadicto y traficante de poca monta descerebrado. En primera instancia, este personaje debía morir al final de la primera temporada, pero su sorprendente actuación hizo que se desechara esta idea para hacerlo coprotagonista durante toda la serie. En mi opinión, es un elemento imprescindible para dar sentido a la serie; por ejemplo por el hecho de generar una relación tan extraña con Walter, dado que sus personalidades son polos opuestos. Sin embargo, por sí mismo apenas hace nada productivo en toda la obra. Es un colgado cualquiera –aunque en contadas ocasiones pueda hacer gala de una sensibilidad particular–, que más que ayudar monta estropicios cada dos por tres. Es cobarde, rastrero, egoísta y, a su modo, manipulador; adicto a la droga y de un ánimo completamente volátil e infantil. Él se permite engañar y timar a los que le rodean. No hay más que verle coger todos los ahorros de Walter para gastárselos en bailarinas y alcohol en vez de comprar una caravana, o intentando vender droga en sesiones de terapia que sirven para rehabilitar jóvenes adictos, sin escrúpulo alguno; muestra también eventuales episodios de odio visceral propios de un ser malvado y vengativo, como cuando es golpeado por Schrader. Sin embargo, que no le engañen ni timen a él, que entonces se pone a berrear como un tarado histérico y se le mete en la cabeza vengarse de una forma u otra. Es increíble que al final muestre remordimientos y principios, cuando prácticamente todo el rato está demostrando precisamente lo contrario (ahí está licuando seres humanos en ácido sin demasiados aspavientos). Su única virtud, aparte de memorizar fielmente la fórmula elaborada por Walter White para producir la metanfetamina –también cierta habilidad en los negocios–, es la lealtad férrea que manifiesta hacia Walter, a pesar de que en su fondo no deje de tener un turbio río de ambigüedad, ya que con frecuencia la lealtad es su única opción para sobrevivir (y Walter el único que le saca las castañas del fuego constantemente). Su problema, sin embargo, es que es incapaz de comprender la significación de las tretas y mentiras de Walter. Dada su inestabilidad, Walter le oculta sucesos o bien le miente en otros, y Jesse intuye esto cada vez con más fuerza, hasta que termina volviéndose contra Walter y odiándole. Jesse, no muy listo él, interpreta desacertadamente todas las motivaciones de Walter, e inicia contra él una cruzada cobarde y rastrera que le termina saliendo muy cara. Lo que le ocurre al final es espantoso, pero en cierto modo se lo busca con los brazos abiertos.


Si bien, como digo, en la cuarta y quinta temporada el personaje de Jesse Pinkman se va tornando cada vez más sombrío, vacío y resentido, durante las primeras temporadas provoca, gracias a ejercer de patoso, berrinches en Walter que llegan a ser bastante cómicos (como cuando se deja las llaves puestas en la caravana y se agota la batería de la misma, en mitad del desierto). Resulta también interesante el romance que mantiene con Jane (por lo menos hasta que ella se da cuenta de que es rico gracias al tráfico de droga y que, por tanto, debe de exprimirle hasta el último dólar para lograr su ansiada libertad). En Jesse Pinkman se juntan las luces de un joven sensible descartado y marginado por el sistema, incomprendido por su familia, con las sombras de un ser mezquino, gandul e irresponsable.



Aaron Paul como Jesse Pinkman.


Skyler White. La esposa de Walter, cuya única virtud es la de ser una buena contable, es la típica que va de digna y moral, cuando en el fondo es de todo menos digna y moral; a pesar de todo este tipo de personas saben mantener una actitud sumamente escurridiza, mediante la cual logran confundir a casi todo el mundo: les hacen creer en la pulcra máscara que llevan puesta casi siempre. En realidad Skyler es egoísta, manipuladora, traicionera, injusta y arrogante, pero sin embargo consigue hacer pensar que es una mujer respetable y una buena madre, víctima de un marido monstruoso, que lo que en realidad está haciendo es dejarse la piel por salvar a su familia de la ruina, primero, y del torbellino de amenazas que le acribillan, después, producto de su fatídica decisión de meterse en el mundo de la droga, de la cual se hace cargo con toda entereza. Walter White es un déspota y un mentiroso –aunque con frecuencia sus mentiras sólo buscan mantener estables a los que le rodean; él es el único que puede soportar el peso de la verdad; el resto se colapsan enseguida poniendo en riesgo a la mínima cualquier plan de supervivencia–, pero siempre intenta salir de los problemas de la forma más eficaz e inteligente posible, con el objetivo claro de salvarse a sí mismo y a sus allegados. Resulta repugnante en Skyler la censura a la que somete a su marido en primera instancia, renunciando completamente a ponerse en su lugar, al que se supone que debería querer y por tanto acceder a lo anterior (ser diplomática al menos, y no cerrarse en banda y salir por patas ante lo que, de repente, no le resulta fácil ni conveniente), para luego, después de ponerle los cuernos y escupírselo el mismo día en toda la cara por pura jactancia y crueldad (ya no hablamos del daño que posteriormente le hace también al amante por este arrebato de malicia), ¡unirse a él y empezar a blanquear su dinero ilícito! Antes, por supuesto, revela a su abogada, sin dudarlo ni por un instante, que su marido es un narcotraficante, mientras a éste le amenaza, desprecia y oprime en cuanto tiene ocasión (de hecho, nunca tiene fe en él). Pero claro, ve el dinero y empieza a plantearse mejor el asunto (es de estas personas que acogen o mandan a tomar por saco a las personas dependiendo de si le resultan o no convenientes para sí mismas en la circunstancia –apetencias– vital –vitales– en la que se encuentre). Sigue sin interesarse por lo que hace su marido ni por qué lo hace, muestra que en el fondo ni le quiere ni se preocupa por él, sino que, viendo que no se le puede quitar de encima (porque él realmente la quiere y se preocupa por ella) ni por las más viles tretas y que, después de todo, puede resultar próspero tener de marido a una máquina de hacer dinero, intenta crear un área de control –el ya mencionado proceso de blanquear el dinero– y hacerse la sueca en todo lo demás. Por supuesto, cuando el barco comienza a hundirse, cambia de opinión de nuevo con suma facilidad. No traiciona a su marido explícitamente a las primeras de cambio porque no es tonta y sabe que está manchada y sería también procesada: para salvarse el culo a sí misma. Finalmente, queda como colapsada –y eso que no ha tenido que tomar prácticamente una decisión difícil; comparado con lo que ha tenido que hacer y asumir su marido ella estaba en un parque de recreo– y desecha definitivamente a Walter, llegando a atacarle y herirle con un cuchillo como una histérica homicida (de nuevo esa personalidad con dos varas de medir de la que hablaba antes: él la quiere salvar, ella le quiere atravesar con un puñal; él es el monstruo, ella una pobre santa que ha terminado "fuera de sí" ante tanta presión). A Skyler los demás personajes le disculpan prácticamente todo, como si sólo fuera una víctima, manipulada por su marido, lo cual es completamente falso, pues ella es inteligente y es perfectamente consciente de la situación, y de cuando está obrando mal. Bien es cierto que su hermana, Marie, le parte la cara cuando se da cuenta de que ha participado en las fechorías de Walter, pero eso es porque Marie, aparte de ser imbécil perdida, tiene tan baja escala emocional que es incapaz de ponerse en el lugar de nadie, incluyendo en el de su propia hermana. En definitiva, tenemos en Skyler a uno de los personajes femeninos televisivos más memorablemente mortificantes, igualando o superando incluso a pesos pesados como Lori de «The Walking Dead». Por fortuna, logra, no sin esfuerzo, ser decente en sus últimos cinco minutos de aparición.




Anna Gunn como Skyler White.

Hank Schrader. Cuñado de Walter y agente de la DEA, su personalidad se asemeja a la de un jabalí agresivo e idiota que, sin embargo, logra poseer un enorme olfato detectivesco, hasta tal punto que desentona, es un tanto irreal (el resto de sus compañeros son ciegos en comparación). Lo que más saca de quicio de este personaje es su carácter petulante y bravucón, mediante el cual, además, se jacta de mofarse de los que le rodean –el típico bromista ácido, revanchista, impertinente y frecuentemente insoportable–, com mayor o menor incisión. Su vocación parece centrarse en remarcar su propia virilidad estúpida, más que en ser un servidor de la ley. Así, le saca de quicio el que haya un misterioso narcotraficante de metanfetamina pura en su Estado, pero no tanto por una cuestión de profesionalidad, sino por mero orgullo personal. Es el clásico ganador que no tolera que nada quede por encima de él. Tampoco es, en realidad, una persona moral, pues se vanagloria de hacerse fotos junto a los cadáveres destrozados de los criminales y enviárselas, posando cual tío guay, a sus colegas. No duda en emplear su influencia para sacar de algún lío a su esposa –por robar– o al propio Walter –por enfrentarse a un policía en la carretera–, lo que también desvela su no excesivamente férreo compromiso con la ley. Finalmente, trata de manera infame a su esposa cuando ella le cuida en su dura convalecencia. Su carácter irreflexivo y volátil le impulsan en un momento dado a estar al borde de golpear a su mejor amigo, el agente Ramírez –que sólo trataba de consolarle–, a pegar con toda su rabia a los sospechosos (Pinkman); también hace lo que le da gana sin aguardar las correspondientes órdenes judiciales... En definitiva, todo en él responde a su enorme vanidad masculina: ganar y ser el más macho. La forma en la que trata a Walter al final, que de ser su querido cuñado pasa a ser, de golpe y porrazo, peor que Jack el destripador, absolutamente obsesionado por arrasar con el planeta entero si así posee un 1% más de posibilidades de atraparle y encerrarle, es tan vulgar como despreciable. El culmen de esta actitud se observa cuando logra su propósito, todo su cuerpo jactándose de haber ganado la partida y llamando a su mujer entre risitas mientras saluda burlón a un Walter esposado dentro del coche policial. Bien es cierto que, con lo que ocurre después, no podemos menos que sentir lástima por él, como es natural. Como mucho merecía ser derrotado, pero no asesinado. En el intento desesperado de Walter por salvarle –a pesar de todo–, se observa el gran contraste entre la altitud de miras del mismo respecto a un Schrader que, como decía, prácticamente vendería a su madre con tal de salirse con la suya y ganar su partida personal.



Dean Norris como Hank Schrader.


Marie Schrader. La hermana de Skyler y esposa de Hank, es otro personaje para resoplar. Es tonta y no aporta nada de nada a ninguna causa, pero no para de hacer patente su disgusto e indignación ante cualquier inconveniente que aparece delante de sus ojos a la par que insta a los hombres que la rodean a solucionar de inmediato el problema, so pena de volverse histérica e increpar a todo bicho viviente. Es soberbia e infantil, y se atavía con un estilo pijo y altivo para disimular toda la vulgaridad que esconde. Es una ladrona que las pasa felices robando en toda clase de establecimientos, y llamando a su marido si la cosa se complica. Hasta cuando se la pilla con las manos en la masa defiende airada su inocencia y se vuelve como una rata arrinconada contra los afectados de su malicia, tratando de hacer culpables a los demás del crimen que ella acaba de cometer (defensa típica de esta clase de elementos: proyección). Al final no duda ni un minuto en volverse en contra de su hermana, Skyler, y de su cuñado, sin pararse siquiera a escucharles. Lo más gracioso del caso es que no mostraba tal tajante animadversión hacia la ilegalidad cuando aceptaba miles y miles de dólares de su hermana ganados "en el juego" por Walter, para así pagar el mejor tratamiento posible a su marido, ni, por supuesto, cuando robaba y mentía con descaro. La forma en la que llora de felicidad cuando su marido le informa que acaba de detener a Walter y, por tanto, terminar de hundir por completo a él y a su familia, es el golpe de gracia.




Betsy Brandt como Marie Schrader.


Walter White Jr. Creo que su parálisis no es mera casualidad, sino que no es más que una metáfora de los hijos de hoy. Un niño consentido que no tiene ni idea de la vida, que se cree que puede pedir cuentas a sus padres constantemente –que tiene voz y voto en todo–, y que posee una dignidad sagrada e inviolable. Al final, tarda aproximadamente treinta segundos en traicionar a su padre, al que tanto "quería", sin haber prestado absolutamente ninguna atención a su versión de los hechos, y creyendo a su madre al instante cuando ésta, otra egoísta de remate, le acusa histérica de haber matado a Hank sin tener tampoco la más remota idea de lo que en verdad ha acontecido (es más fácil para su conciencia culparle de todos los males del mundo para así perder de vista la culpa propia lo antes posible). El desprecio que muestra hacia su padre en el final es indiscriminado, visceral y grotesco.




RJ Mitte como Walter White Jr.


Saul Goodman. Elemento cómico y carismático tremendamente enriquecedor para la serie (no en vano, han sacado otra serie, «Better Call Saul», con este personaje de protagonista, seis años antes de su aparición en «Breaking Bad»). Es, sin duda, el único personaje principal que está en sus cabales. Tunante y embaucador, este pintoresco abogado es capaz de salirse con la suya prácticamente siempre, incluso en las situaciones más desesperadas. Es la pesadilla de todo policía que esté interrogando a un detenido (memorable la forma irónica con la que Saul los despacha siempre). Cumple continuamente con una enorme profesionalidad. Dado que es cobarde y un timorato, parece en un principio que será un traidor antes o después, pero su lealtad se mantiene firme hasta el final. Esto choca con sus bajas ambiciones y su amor a la corrupción, convirténdole en un ser paradójico.




Bob Odenkirk como Saul Goodman.


Walter White. Cierro esta sección de personajes con unos comentarios extra sobre el protagonista de esta magnífica serie. No voy a reincidir en lo que he hablado de él al principio de la entrada: su evolución psicológica y mi reconocimiento de la misma, pero bien vale exponer sus aciertos y desatinos. Lo más obvio: la paradójica e improbable iniciativa/inspiración de convertirse en narcotraficante. Es cierto que presenta una apariencia con signos de colapso –ha recibido golpes muy duros en la vida y un trato en general injusto–, y a partir de ahí tiene mucho sentido que, una vez se ha enterado de que va a morir irremisiblemente, decida de inmediato tirar a la basura complejos y convencionalismos y vivir la vida con mayor intensidad, decidir él a todo punto lo que va a hacer con ella, y no los demás. Sin embargo, no es tan creíble que una persona que lleva cincuenta años siendo de una manera muy específica pase por alto el evidente problema moral de la droga. Uno puede tratar de excusarse, como Gale (el ayudante temporal que tiene Walt para elaborar droga bajo el mando de Gus Fring), en que no se está obligando a nadie a consumir esa droga, y que, por tanto, la propia culpabilidad es más bien relativa. Pero es la excusa obtusa del espíritu aristocrático y desaprensivo que vive en su hermética torre de marfil. Y Walter no es tonto, sabe perfectamente lo que está haciendo (no tanto los problemas que le va a acarrear), y sabe que es inmoral. Lo que pasa es que, a pesar de lo considerado que ha sido siempre con todo el mundo, Walter es, en el fondo y aunque lo haya reprimido durante toda su vida, un espíritu aristocrático y desaprensivo que que vive en su hermética torre de marfil. Su decisión es perfectamente nitzscheana, un constante «lo que no te mata te hace más fuerte», y está blindada por una mentalidad maquiavélica, que es un constante «el fin justifica los medios». Su progresión de "esclavo" a "señor" haría relamerse, con elevada probabilidad, al filósofo alemán. De hecho, en Walter, «todo lo que hace por amor está más allá del bien y del mal». Cultivado y estratégico, por un lado, y vitalista y hábil en situaciones físicas límite, por el otro, Walter White es un experto en decadencia que, sin embargo, ha tenido la suficiente voluntad de poder como para hacer arder el pantano y asomar el puño sobre las flamas. Como amigo es leal y audaz, y como enemigo es implacable y astuto. Puede decirse que con el paso de las temporadas se convierte en alguien malvado, pero la verdad es que nunca termina de serlo del todo: siempre quiere, a pesar de su despotismo, a su familia, y termina salvando a Jesse e incluso brindándole en bandeja de plata su venganza. Esta última característica compone esencialmente su espectro luminoso, que, no obstante, se ve encharcada de ambigüedad por la siguiente evidencia: miente a bocajarro también a todos sus seres queridos. En la forma en la que comienza a decir verdades de enjundia a una perspicaz Skyler, sobre todo en la quinta temporada, se puede adivinar que miente cuando el otro no va a usar la verdad más que para empeorar la ya de por sí delicada situación, y que es franco cuando sabe que la verdad va a ser usada con provecho por la otra persona. Es el director de orquesta supremo y, reconociendo sin ninguna dificultad su lugar y su talento, se exaspera constantemente ante una banda de músicos que no saben nada de armonía ni de eficiencia, amenazando constantemente con el desastre; es más, no reconocen a Walter como ningún director de orquesta y le increpan y pinchan de continuo. A pesar de ello, Walter soporta toda esta carga con una fuerza sobrehumana, siendo rebasado en contadas ocasiones y nunca de manera terminal. Es como una roca contra la que chocan aguas embravecidas por la tormenta (todos los demás personajes, tanto amigos como enemigos). Con todo ello, es cierto que en la quinta temporada su lado oscuro –Heseinberg, que es el seudónimo que usa como narcotraficante– comienza a ganarle el pulso: se insensibiliza completamente de cualquier mal del mundo, aunque él sea el causante. Su lado luminoso se reduce a su mujer e hijos y, en menor medida, hacia Pinkman. Pero cuando éstos le traicionan de una vez por todas, pierde el sentido de su existencia, a raíz de los primeros, y su lealtad paternal tan característica hacia el segundo. Es entonces –y teniendo en cuenta que el cáncer resucita en sus pulmones– cuando su ímpetu languidece y decide, aun sabiendo que su familia le odia, cumplir su primera resolución de asegurarles el futuro, para después, sencillamente, aguardar a la muerte.




Bryan Cranston como Walter White.



Hay que destacar también en Walter White los episodios cómicos que suscita sin ser consciente de ello. Su elevada aptitud se rodea a veces de tal ineptitud que se exaspera muy agriamente, y no escatima en enfados y exasperadas reprimendas. Además, como es orgulloso, se pone petulante e insolente en según que casos, revelando su lado más empecinado e infantil. En la siguiente escena, por ejemplo, le reconoce en una cena familiar a su cuñado –que se ha conformado ya con una persona muerta pensando que es el famoso Heisenberg– que quizás ese tal "Heisenberg" aún anda suelto, cuando en realidad le tiene delante de sus narices. Su considerable ego le empuja, una vez ha tomado una enorme ventaja a base de artimañas, a ser tan descarado que nadie piense en lo obvio (en realidad esto es también una estrategia muy astuta, sólo que con el añadido de la adrenalina). El capítulo de la mosca, aunque vilipendiado en general en las redes, hizo que me partiera de la risa.







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FIN DE SPOILERS.
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CONCLUSIÓN:


Un canto a la relatividad moral. Breaking Bad es la ordalía de dos perdedores, humillados y ofendidos, que se reivindican ante una sociedad que lo único que les ha dado son pesas en los bolsillos y escupitajos en el rostro. Una demostración magistral de que las personas en primera instancia apocadas, tiernas y deprimidas pueden esconder en su interior, reprimida, una fuerza e inteligencia tremendamente superior que la que pueden aparentar poseer individuos seguros de sí mismos y socialmente ganadores. Ambos protagonistas, Walter White y Jesse, son buenos, hasta que descubren que para ser mejores deben aliarse con el mal. La astucia e improvisación de los fracasados sorprende y rebasa a la prepotencia de los ganadores.


La serie, aclamada como una de las mayores obras maestras televisivas, se basa en un sólido guión, con contextos cotidianos y plenamente verosímiles –por pintorescas que puedan resultar algunas circunstancias, no dejan de ser posibles–, y se caracteriza por su humor negro (es frecuente que el espectador se ría de situaciones que a los protagonistas no les está haciendo gracia alguna), tejido en torno al carácter dramático que lo conduce todo. Es un "ya que todo está perdido, arrasemos con lo que nos resta", que paradójicamente saca lo más poderoso y genuino de los personajes. El cambio en ellos y sus vidas es tan radical como aparentemente plausible, generando en el espectador una sensación ocasional de: "¿Cómo se ha llegado a esto?".  La exuberante vitalidad a la que acceden dos personas que parecían destinadas a morirse de asco y tedio en un sofá llega a ser, gracias a la identificación personal, un motivo de implicación y admiración, pese a las fatídicas consecuencias que conllevan sus decisiones.


La recomiendo completamente. Va de menos a más hasta alcanzar, en la cuarta y quinta temporada, proporciones maestras. Entre difícil e imposible será olvidar a personajes tan humanos y tan excelentemente caracterizados –consiguen ese extraño privilegio de crear ambigüedad en el juicio del espectador, que no sabe hasta qué punto ha de aplaudirles o ha de censurarles– por unos actores que hacen un trabajo redondo.





sábado, 2 de julio de 2016

«Penny Dreadful», pros y contras.

Después de ver las tres temporadas que componen la serie televisiva «Penny Dreadful» –la última de ellas acaba de terminar, habiendo declarado el canal Showtime que no habrá una cuarta–, me veo con ánimo para hacer algunos comentarios, ya que en ella se plantean dilemas de interés. Aclaro, antes de continuar, que la entrada contiene una franja de SPOILERS en el último apartado, correspondientemente señalado, cuya lectura no es recomendable para aquellos que no hayan visto la serie.


En orden de izquierda a derecha: Timothy Dalton como Sir Malcom Murray; Revee Carney como Dorian Gray; Eva Green como Vanessa Ives; Harry Treadaway como el Doctor Victor Frankenstein; y Josh Hartnett como Ethan Chandler.

Llegué a la iniciativa de ver esta serie más que nada por casualidad, a raíz de una vaga recomendación. Lo primero que llama la atención al verla es su crudeza, calidad visual y la seriedad en su forma y contenido. A priori esperaba encontrarme con un producto repleto de acción, más comercial que otra cosa, y no con argumentos filosóficos, teológicos y referencias literarias. La originalidad de la serie me enganchó los tres o cuatro primeros capítulos, para luego, al detectar cierto ritmo monótono más allá del resplandor inicial, aburrirme un poco hasta el final de la primera temporada. La segunda temporada, en cambio, es realmente buena, y me enganchó de principio a fin. La tercera, con altibajos al principio, cae en un final que en mi opinión es claramente decepcionante, si bien hay que decir que a mucha gente le ha encantado y sorprendido.

Como la serie posee tantos elementos elogiables como absurdos, bien vale comentar los que observo más relevantes, en ambos sentidos, en una serie de pros y contras:


PROS:

–Producción. No estamos ante una baratija con pretensiones infantiles. Hay presupuesto y esmero. Efectos especiales, fotografía, escenarios, vestuario, maquillaje, todo de calidad.

–El dilema: el ángel contra el demonio. La lucha entre el bien y el mal que se libra dentro del individuo es aquí ampliada. Hay en los personajes suficiente circunstancia trágica y suficiente sensibilidad como para que el forcejeo posea matices atrayentes.

–La soledad. Todos los personajes tienen un carácter apegado al yo individual, son orgullosos pero también perceptivos. Sus habilidades sobrenaturales y sus elevados intelectos les hacen no encontrar hueco alguno en la sociedad. Están marginados en todo momento, prácticamente incluso cuando se juntan entre ellos. El anhelar y el arrepentirse del propio anhelar. La pugna entre la elegante altivez del raciocinio y la ardiente pulsión de sentir, de abrirse a alguien, de atreverse a amar.

–El peso teológico y espiritual. Desde el almizcle de las culturas y los panteones de la antigüedad –como del período egipcio– hasta el omnipresente crucifijo que observa en su agonía desde la pared de la habitación de la protagonista de la serie, Vanessa Ives, lo arcaico y misterioso se mezcla con la cosmovisión cristiana del mundo, del bien y del mal. Es en Vanessa en la cual con más fuerza se libra la batalla entre Dios y el diablo. Ella es un claro ejemplo de la lucha cristiana contra la tentación y el mal, si bien la misma se vislumbra desde una lente más realista e impactante que en otros casos más puritanos, pues Vanessa posee puntos de oscuridad y singularidad en su carácter que le hacen pecar por lo primero y separarse del rebaño por lo segundo. Así, su vínculo con Dios y la fe no es ninguna vulgaridad, sino una verdadera lucha mística y personal contra sus propios demonios, en la cual Dios es un faro invisible en algún lugar de la tormenta embravecida. Con fuerza nos llegan las consecuencias del deseo, de la acción, del sexo o de la posesión. Todos parecen desear un paraíso terrenal, pero el mundo es, lejos de dicha noción, un galimatías sin demasiados escrúpulos que exige o el sacrificio o el pecado. El mal se basa en la tentación que sugiere la formulación de los más íntimos deseos –sean estos egocéntricos o solo ingenuos, da lo mismo– para intentar atrapar a las almas en una victoria vasta a la par que seca como la sal. El espectador que sea sensible respecto a este tema, encontrará en los personajes –y, como he dicho, sobre todo en Vanessa– verdaderos exponentes de lucha espiritual.

–Interpretación. Los actores no me han enamorado, pero son perfectamente dignos, algunos de ellos incluso notables. Brillan más al principio que al final, como todo en la serie en general, pero aun así es difícil quejarse. Josh Hartnett como Chandler realiza una interpretación algo plana; es decir, no es nada del otro mundo; pero es suficiente y a veces hasta sorprende un poco. Harry Treadaway como Frankenstein lo hace bastante bien, pero abusa en exceso de cierta expresión cuando está dolido, tiembla demasiado cuando algo le afecta y resulta por ello exagerado en ocasiones. Revee Carney es excelente como Dorian Gray, si bien es cierto que su físico jovial y sumamente elegante le ayudan mucho. Es una pena que su personaje se lleve desde una línea más bien alternativa, aunque esto mismo hace también que la serie se enriquezca en un sentido más general. Timothy Dalton como Sir Malcom Murray, un intrépido y veterano explorador de África, es de lo mejor de la serie. Su personalidad recia, resolutiva, inteligente e insobornable supone una auténtica columna que sirve de apoyo y nexo de los demás personajes. Rory Kinnear como John Clare es también excelente, nos creemos de veras su angustia, y se puede sentir cierta hermandad con ella («Eres el ser más humano que he conocido», le llegan a decir). Finalmente –y aunque hay más personajes y muy interesantes pero que es mejor no comentar aquí–, tenemos a Eva Green como Vanessa Ives, muy acertada; su propio aspecto encaja con el papel como anillo al dedo. Con su cabello azabache y sus ojos claros como el cristal, esa piel pálida tan típicamente gótica y una aparente fragilidad que contrasta fuertemente con sus episodios violentos o amenazadores, supone el exponente estético más poderoso de la serie. Pero no se queda ahí, sino que el propio personaje, tierno y terriblemente oscuro a la vez, deseosa del bien pero encharcada en una senda del mal impuesta por fuerzas ajenas, afable pero a veces complicada, muy sensible pero con opción a lo tajante, artística y sensorial pero con espacio para una sutil informalidad, morbosa pero totalmente consecuente con sus actos, santa y mártir pero ni mucho menos mojigata (con esas expresiones socarronas y sexys que rara vez se permite)...; deslumbra tanto al espectador como a todos los personajes que la rodean. Me llevo, en definitiva, una magnífica amiga con este personaje, Vanessa Ives.

–La grandilocuencia del guión. Termina haciéndose pesada y hasta absurda, pero al principio engancha y, después y en cualquier caso, sigue poseyendo momentos interesantes.

–La escasez de puntos muertos. El interés de la serie fluctúa, pero apenas se advierten espacios en los que se rellene por rellenar, como sí ocurre en muchas otras series (por ejemplo: «The Walking Dead»). Los capítulos pasan, por ello, bastante rápido.

–La relativa brevedad. La serie es como un material valioso pero compacto. Si se estira en exceso, se disgrega y pierde gran parte de su atractivo. Ha sido una decisión certera el dejar la serie en una tercera temporada que ya empezaba a atufar un poco. Abusar el contenido con una cuarta hubiera sido, con toda probabilidad, una decisión errónea.


CONTRAS:

–Pesimismo extremo. Lo poco gusta y lo mucho cansa. La tragedia, aunque la intentan abordar desde la máxima crudeza, no me convence salvo en ocasiones contadas [hechos no prioritarios de la trama a continuación; seleccionar con el ratón para leer:] (las únicas verdaderamente notables: la relación entre Ethan Chandler y Brona Croft en la 1ª temporada y el capítulo de la 2ª en el que Vanessa y la bruja Joan Clayton viven su relación; le sigue a cierta distancia el capítulo de la 3ª en el que se conoce la historia completa de Vanessa en el manicomio). Apenas hay realismo en ello. Al principio te lo crees, pero tanta desgracia y mala suerte junta termina haciéndose desesperantemente improbable. Por otra parte, los escenarios son casi siempre oscuros: noches neblinosas, estancias góticas, suburbios. 99% negatividad y 1% positividad hacen que se ofrezca una versión tan penosa del ser humano y su existencia que es tan exagerada como absurda. Puede abatir, cansar al espectador.

–Redundancia. La esencia, un elegante brillo pero que se repite en sucesión, acaba provocando eventual monotonía en el ánimo del espectador. Hubiera venido bien la inclusión de elementos diferenciadores –no tan góticos– que hicieran de efecto despertador, de curva para matar la sensación de travesía más o menos lineal en cuanto a contextos.

–Todos los protagonistas parecen en el fondo un mismo personaje. Se creerá a simple vista que tenemos ante nosotros a una recopilación de lo mejor que ha dado la literatura gótica y de terror del XIX, y, por tanto, a un equipo de personalidades únicas, una élite de la oscuridad y el tormento, cada uno con su propio rostro original, pero, en realidad, plantean todos exactamente el mismo dilema y se comportan prácticamente de la misma manera. Se dará a entender mejor esta noción en el último punto, más abajo.

–La revolución femenina. Me explico. Lleva ocurriendo muchos años, no sólo en esta serie, sino en incontables y taquilleras películas y demás trabajos televisivos. Directores y guionistas, que en su mayoría son hombres, tratan de crear un "golpe de efecto" que, además y por supuesto, esté acorde con la moral de moda del momento –en el caso actual, por ejemplo, la defensa a toda costa de la figura de la mujer y la mofa alegre e indiscriminada, siempre consentida y bien vista, hacia el género masculino–, y crean a una mujer fuerte y segura de sí misma, que no es otra cosa que un héroe de alguna ordalía medieval solo que con pistolas, cuerpo femenino y un toque de picardía. Pero esto por sí solo no es suficiente para elevar al personaje femenino por encima de los personajes masculinos, sino que sólo los iguala a ellos, porque a fin de cuentas ellos no son más que héroes de ordalía medieval solo que con pistolas, así que se ha de forzar que éstos hagan público un comentario "penosamente masculino, repleto de tozudez y orgullo" –como si todos los hombres fueran tozudos y orgullosos, y como si muchas mujeres no fueran tozudas y orgullosas–, y entonces ella, el personaje femenino, cual cazadora que apuntaba al faisán, relamiéndose ante la expectativa del inevitable disparo –infantil relamerse–, suelta su frase: "Oh, hombres, siempre tenéis que bla, bla, bla", y, bajo su oportuno y "maduro" acto de censura hacia el género masculino, ellos se rinden ante ella admitiendo en revelador silencio su incompetencia masculina (me hace gracia, porque siempre reaccionan de forma torpe, como diciendo "ostras, somos hombres, tenemos que reaccionar de forma torpe, porque los hombres son torpes y las mujeres elegantes, es pura lógica"). Sin embargo, esto es común, como he dicho, en tantos trabajos por el estilo. Cabe en el caso de «Penny dreadful» resaltar, no obstante, la gala de feminazismo que se hace en la tercera temporada («-¿Por qué habría que matarle?» «-¡Porque es un hombre!»). Al principio de la misma, es lo típico: instinto de revolucionaria en mitad, además, de una época propicia para ello (sufragismo); hay que arrebatar todo el poder a los hombres, establecer un imperio de la mujer, y someter al género masculino cual perritos con correa (como si en realidad muchos no lo hubieran sido hasta ese momento, todo sea dicho). Venganza hacia ese género masculino opresor, que condenaba a las mujeres a tareas infrahumanas como cocinar y cuidar de los hijos, mientras ellos realizaban hazañas sublimes y enriquecedoras, como ser despiezados en las guerras, arar como mulas o como cavar en minas tóxicas durante más de doce horas diarias, con tropecientos hijos en la conciencia, todo bajo una suprema libertad masculina basada en obedecer al empresario despiadado, el monarca idiota o el gobierno aristocrático de turno. Eso es lo que transciende, al comienzo, el feminazismo en la temporada, pero enseguida degenera hasta tal extremo que ni siquiera merece ser tenido en cuenta. La pandilla revolucionaria solo sabe comer, beber y chismear a grito pelado, sin más apego a la causa femenina que el que se puedan tener a sí mismas; con una líder carente de moral y una "lugarteniente" que solo es una niña resentida y cruel. Así que, llegados a este punto, me pregunté: ¿esto es una "apología" a la reivindicación femenina o es más bien una sátira? Honestamente, no creo que los guionistas hayan pensado tanto como para elaborar una sátira, y sí solamente lo suficiente como para resultar sensacionalistas y llamar así la atención, pero, probablemente sin quererlo ni beberlo, realizan un absurdo espectacular que se devora a sí mismo con rapidez. Así que, después de esta conclusión, uno no puede sino pensar que, en realidad, no sólo no es feminista la intención del guión, sino que es más bien machista (en verdad que a veces la línea es muy fina), porque representa a una mujer completamente irreal. Es decir, deja a las mujeres a la altura del betún: animales estruendosos, vengativos y sin argumentos, algo que, por supuesto, está alejado de la verdad. Por favor, guionistas, aprended de Virginia Woolf y dejaros de chorradas.

–Los protagonistas padecen, sin excepción, del trastorno de identidad disociativo. Son capaces de la máxima crueldad e indiferencia hacia los que les rodean o de la máxima lealtad y renuncia personal. A veces reacciones tan dispares se suceden en tiempos espectacularmente breves.
Ejemplos prácticos (contienen SPOILERS; selecciona con el ratón para hacer visible el contenido):
-A Chandler tan pronto le da por ser un salvador compasivo como, en la tercera temporada, cambiar de opinión en un santiamén –persuadido por los pobres argumentos de una bruja satánica que, como todos sabemos, son muy de fiar y albergan siempre planes positivos para la humanidad–, deseando ser la causa de la destrucción del mundo y el señor de la guerra de los despojos supervivientes. En uno o dos capítulos cambia de nuevo su opinión, y decide que lo mejor es lo contrario: salvar al mundo de la oscuridad. Es tan absurdo que hasta la interpretación del propio actor parece rechinar.
-Vanessa Ives parece la mayor parte del tiempo una buena mujer, compasiva e inteligente, cuya mala fortuna le ha hecho zambullirse en una existencia maldita y prácticamente agónica. Sin embargo, no está exenta de brotes psicóticos, como lo es el completo absurdo de trincarse al prometido de su mejor amiga, por pura jactancia; sin inmutarse siquiera cuando la otra le pilla en plena fechoría. También lanza de vez en cuando –sobre todo al principio de la serie–, comentarios tan sarcásticos como gratuitos, algunos de ellos sencillamente crueles; una técnica facilona de tratar de hacer más ambiguo y oscuro al personaje ("¡cuidado! ¡es frágil pero también sabe aguijonear! ¡sorpréndete por ello!"). Al final, después de haber superado muy satisfactoriamente muchas de las más grandes tentaciones que un ser humano puede imaginar, le da por entregarse al mal, desperdiciando la felicidad del planeta entero y la de sí misma, más por un capricho de su depresión que por otra cosa. No hay coherencia, es solo forzar un final que sorprenda. De todas formas, +1 al capítulo en el que se la ve completamente marginada y enclaustrada en la mansión Murray, nihilista y abandonada. Me recuerda totalmente a episodios de mi propia vida.
-Al Doctor Frankenstein le va la poesía y es terriblemente sensible. Terriblemente sensible, si le afecta el estímulo, porque si no le afecta, es terriblemente insensible. Su personaje es un absurdo ambulante. O está enamorado como un niño de trece años y expone su sempiterna expresión de alérgico al polen cuando ve a su amada o con una seriedad robótica y despiadada expone sus argumentos materialista-científicos. Tan pronto le interesa el dolor humano como solo piensa en sí mismo, sus logros y su fama. Es decir, si no se le viera correteando de un interruptor a otro en mitad de la tormenta y resucitando mientras tanto a un muerto, bien se podría decir que es un bobo presuntuoso. Si nos damos cuenta de que resucitar personas accionado interruptores arcaicos es una idea boba y presuntuosa, poco le puede restar a él mismo. El dilema "creador autoritario contra criatura que pronto ejerce su libre albedrío y se rebela contra el primero", que extiende su evidente paralelismo con Dios y el ser humano, puede resultar interesante un rato, pero no tres temporadas.
-Sir Malcom Murray sufre una auténtica metamorfosis. En la primera temporada es un despiadado esclavista, ambicioso y egocéntrico hasta el delirio, que sólo ve en los demás meras herramientas para satisfacer sus apetencias. En la segunda y la tercera se convierte en una figura paternal e incluso equilibrada (aunque eso de ir él solo a matar a todas las brujas en su propia fortaleza... hay que ser idiota). ¡Aleluya, Sir Murray, el desvío de intereses de la trama te ha resucitado y te ha convertido en un hombre nuevo!
-Dorian Gray, tan elevado y encantador. Dorian Gray, un ser que solo sabe comer, beber, bailar y trincar; en realidad hasta un borracho sabe también vivir así, aunque no tan elegantemente, ciertamente. Dorian Gray, atento y cortés. Dorian Gray, si le da el venazo te parte el cuello o te envenena con toda mezquindad la copa para matarte sin ensuciar el suelo.
-John Clare, amante de la poesía, sensible como las cuerdas de un arpa, repleto de conciencia y ternura... e inmutable y diligente a la hora de partir en dos a alguien, las tripas esparciéndose por doquier, matar a inocentes como al Doctor Van Helsing, u obligar a su creador, cual acosador indolente, a fabricarle una esclava personal, a la que luego trata de mentir para manipular, todo, eso sí, en el nombre de lo bello y lo sublime. Es tan absurdo que marea. Hay que decir al respecto de este personaje que, de todas formas, las reacciones que tienen algunos en cuanto a su aspecto son completamente exageradas. Quizá no sea un regalo para la vista, pero ni mucho menos es para gritar, llevarse las manos a la cabeza o contener la respiración a su paso; aunque haya vuelto de la muerte dista mucho del aspecto de un zombie de «The Walking Dead».
-Brona Croft es una figura trágica, una persona buena y tierna azotada por cien desgracias, que a pesar de todo se mantiene incorruptible, cual Sonya en «Crimen y castigo»... Hasta que se convierte en Lily. Entonces se da cuenta de que en realidad es una asesina, manipuladora y resentida que va de idealista para tapar su fanatismo, de ser superior (inmortal) para cubrir su vulgaridad, y de revolucionaria para dar rienda suelta a su carácter veleidoso y dañino bajo el pobre pretexto de una palabra romántica. Siente que ha sufrido mucho, que se ha sido muy injusto con ella, y ahora quiere remontar. En compensación y muy cabalmente, la indemnización ha de ser matar o esclavizar a los hombres y convertirse en una reina enjambre en un mundo monogénero e insectoide, en el que ella sea la máxima autoridad.
Fin de SPOILERS.


CONCLUSIÓN:

Serie trabajada, original en su comienzo y entretenida después más allá de algunas escenas notables, con altibajos pero sin apenas relleno fútil. Apartado estético, con frecuencia deslumbrante. Los actores, especialmente Eva Green –actriz de aspecto exótico, a veces sus muecas están sobractuadas pero en general convence, sobre todo en el llanto–, están atinados, aunque después de tantas horas y capítulos no pueden evitar cierto desgaste a los ojos del espectador. Referencias literarias de primer nivel, aunque adaptadas a un gusto más comercial. Para los amantes de lo gótico y lo gore, un referente indispensable, para el espectador común, una opción interesante y recomendable en general, aunque con probabilidad excesivamente grandilocuente, pesimista y redundante. Detrás de toda esa flema británica y de todo ese orgullo por lo estrictamente británico (manda narices que, dada la atmósfera que cala la serie hasta los huesos, no haya una sola referencia a Baudelaire, por ejemplo, y sin duda por el simple hecho de ser francés), se echa mucho de menos una actitud madura y realista por parte de los personajes, un poco de sentido del humor. Un Sancho Panza que aportara sentido común al delirio romántico y a la frigidez victoriana, eso habría enriquecido mucho a la serie (aunque, ojo, ahí está Zembene, interpretado por Danny Sapani, desde sus silencios y sobriedad refuerza bastante la serie).

Tengo, al igual que muchos y muchas, abundantes rasgos propios reflejados en los personajes. Este grupo de marginados e incomprendidos, de seres en los que se alterna el orgullo y la reivindicación del individuo frente a una sociedad enferma, sensibles y compasivos pero también egocéntricos, merecen ser tenidos en cuenta en este formato visual que, pese a sus innegables defectos, se trata en definitiva de un trabajo serio y notable.

Adiós, Vanessa Ives; adiós, Penny Dreadful.



domingo, 26 de junio de 2016

La posibilidad del amor.

Con cariño presento a un personaje solitario y confuso que, por la misma trágica razón, busca enamorarse en el desierto.
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¿Por qué no puedo amarte? Sabes, cuando se piensa en el amor, uno puede imaginarse un campo fértil y amplio, una noche estrellada o un mar susurrante, y, sin embargo, ¿por qué, a la hora de la verdad, en la vida real, sólo puedo imaginarlo como una larga y penosa pendiente, en la que se compite por un trofeo en la cima, un superficial y decepcionante trozo de éxito o fracaso? Éxito o fracaso. Así es como te veo; así es como me veo. O te conquisto o me conquistas. Si lo piensas, es tan ridículo, ¡tan absurdo! ¿Por qué no cerramos los ojos, entrelazamos nuestros dedos y corremos los dos juntos? Hacia donde sea. Fiarnos de nuestra mutua limitación. Y si caemos en un estanque, ¡cómo nos reiremos! Y si tropezamos con un campo de flores, ¡cómo nos besaremos! Y si damos de cara contra un montón de ortigas, ¡cómo nos lamentaremos ambos! Y si vamos hacia un barranco y caemos profunda, muy profundamente, ¿no moriremos sabiendo que hubimos confiado en todo momento el uno del otro? Primero desconcierto, luego pánico, y, en el último segundo, nos reiríamos de lo bobos que somos y nos enterneceríamos de lo mucho que nos hemos querido.

Pero aquí estás, al lado mío, frente al ordenador, exasperada por tu trabajo y echándome en cara de vez en cuando, más por gestos que por palabras, lo mucho que te desagrada mi conducta. Me censuras con la mirada, me tratas con airado desdén, susurras: "No te necesitamos". ¿Cómo vas a quererme si articulas esas palabras? Si yo no te necesito y tú no me necesitas, entonces muy bien, cada uno a lo suyo y ya está. Pero, en ese caso, ¿por qué te enojas? ¿Es mero orgullo femenino? ¿Quieres dominarme y te admira a la par que te ofende mi autosuficiencia? ¡Como si fuera un crimen el ser autosuficiente! ¡Como si fuera contranatura una persona que no rinde pleitesía! Pero, ¿acaso no te he tratado correctamente, sí, incluso en mi mutismo? ¿Acaso no te he perdonado tu comportamiento injusto, tus velados enfados? Tú crees que lo que ocurre es que no me doy cuenta. Eso es bueno para que simplemente pienses que soy distraído, y no una especie de ser "magnánimo" (eso podría ofenderte más, de hecho). Necesitas que me exprese, tener algo a lo que agarrarte, aunque sea un resquicio, para medirme, para evaluarme. Sin darte cuenta, casi por instinto, presientes la fuerza de un candidato y exiges que éste participe en tu concurso. ¿Que el "concursante" no quiere ser "concursante"? ¿Que al mismo le parece absurda una propuesta de concurso? Entonces te enfadas, porque crees que te hago un desaire o porque soy un arrogante, pero en el fondo es porque te das cuenta de la influencia que tiene tu instinto femenino en ti misma y que no puedes sino aceptarme o rechazarme en base a idealismos y evaluaciones materialistas. ¿Cuánta cantidad me ofreces de estatus, de confianza, de inteligencia, de carisma?, eso te preguntas. Pero mi mutismo te impide hacer ninguna recopilación certera. Entonces, puesto que, como he dicho, eres idealista, me exageras hasta el infinito o me disminuyes hasta lo grotesco.

Qué fácil sería ignorarte, qué fácil sería decirme: "Es una frívola, no merece la pena, no es lo que busco, o acabará en nada o en una galería de tedio y situaciones penosas". Sin embargo, hablaste conmigo. Me dijiste: "Hay una tensión", me dijiste: "A veces me pongo rara contigo, disculpa". ¿No significa eso un interés, e incluso –¡Dios mío!– capacidad de autocrítica? Y ahora te noto bien, parece que guardas cierta ilusión respecto a mí. No sé cómo calificar ni medir esa ilusión. Pero ahí está. Creo que has descubierto que no soy ni arrogante ni malvado. Me desconcierta que no te hayas dado cuenta hasta ahora. ¿Pero tampoco habrás advertido aún que soy un hombre ridículo? Eso me asusta un poco. ¿Acaso no he dado, en todos estos meses, suficientes muestras de duda, torpeza y bloqueo? Porque, si no sabes hasta qué punto soy ridículo, ¿cómo entonces ibas a poder quererme? ¿Cómo, si no fueras capaz de ver en mi ridiculez algo bello y no algo meramente irrisorio y digno de compasión maternal?

Sabes, a veces pienso que no se trata de ti. A veces creo que podrías ser cualquier persona, que en vez de llamarte "A" te llamases "Z", que en vez de ser blanca fueras negra, en una palabra, la que fuera, con tal de que fueses capaz de quererme. Sólo necesito a alguien que me quiera. Sé perfectamente que aparento ser inexpresivo, indiferente, frío, un extraño sistema que se abastece por completo a sí mismo y que no necesita de nadie. Y me asusta pensar: ¿acaso es eso lo que te llama la atención de mí? Quizá te resulten atractivos dichos atributos, sin siquiera adivinar que no son más que una penosa máscara. ¿Sabes?, a veces los que aparentamos mayor calma e indiferencia somos los que más amor y ayuda necesitamos. ¿Por qué no buscamos, por qué no decimos entonces lo que sentimos? Porque sabemos que lo único que nos separa del ridículo completo, de la silenciosa lástima o burla de los demás, es precisamente el que aparentemos ser autosuficientes, serenos y fríos. ¿Complejos? No, nadie se mortifica a sí mismo hasta tal punto por un caprichoso prejuicio. Vimos en nuestra infancia la crueldad con la que era tratada nuestra verdadera personalidad, y edificamos un sofisticado sistema defensivo. Ahora no puedo sino ver mezquindad en todas partes, interés, manipulación. Y cuando decido creer, aunque sólo sea una pizca, en una persona, esta no tarda en darme un sablazo. Se diría incluso que ha estado tentándome para que me abriera para poder herirme, recitarse a sí mismo su supuesta superioridad, y largarse de allí con premura, olvidándose pronto de mí.

Hay algo que no logro entender. Todos van con una pesada armadura, incluyéndome, por supuesto, yo mismo. Pero, ¿cómo es posible que tantísima gente no se sienta incómoda bajo su peso y que, incluso, se vanaglorie de ella y la perfeccione con una amplia sonrisa de satisfacción personal? ¿Están todos locos? ¿Lo estaré yo? Llevo toda mi vida esperando a que una persona se me aparezca desnuda, con una flor en la mano, y me diga: "Vamos, no seas tonto, quítate eso, vamos a correr y a gritar, y que se rían de nosotros lo que quieran". Querría crear un pequeño mundo junto a ti. ¿Qué más daría el penoso mundo real? Incluso si dejaras de amarme y me abandonaras, podría decir: "Amé y fui amado".

No me importa nada. Ni que seas fea ni guapa, ni rica ni pobre, ni titulada ni ignorante, ni monja ni prostituta, ni católica ni atea. Sólo necesito que me quieras. No como el padre ideal, ni como el partido adecuado, ni como un enigma o una inteligencia que admirar o descubrir. No, es algo mucho más puro, sensible y elemental. Querámonos y ya está, olvidemos todo lo demás. ¿Es tan difícil? ¿Hay que esperar siempre algo a cambio?

¿Pero no hablaba al principio de una mujer concreta? Mis pensamientos fluyen hacia la teoría sin que me dé cuenta. Estoy tan cómodo en ella. ¿Y de qué sirve, qué adelanta? Te hace cada vez más infeliz, y llegan unos impertinentes que te dicen "¡Mal!" y otros impertinentes que te dicen "¡Bien!", y ellos sólo hacen que te sientas más solo y triste.

Te conozco tan bien... Conozco a casi todo el mundo demasiado bien. ¿Y qué hay de mí? ¿Quién se acuerda de mí, quién me reconoce, me entiende? Apenas yo mismo. Y tengo que aguantar, por ello, la terrible maldición del soliloquio constante. Hablo a las paredes de mi habitación, a las paredes de mi cráneo, o, en el mejor de los casos, a un tranquilo paisaje. Estoy todo el rato contestándome a mí mismo, inquiriéndome a mí mismo. La gente que me sorprende en tan penosa situación bien me mira consternada bien suelta una risita de mofa ("¡He ahí un loco!"). Pero es que, si no llevara desde la niñez hablando conmigo mismo, me habría vuelto loco de verdad hace tiempo. Es, por una parte, un consuelo, y por otra un veneno que torna a cada año que pasa más amarga mi sangre y mis pensamientos. A veces leo un libro o veo una película, y en sus historias dos personas son capaces de entenderse y complementarse. Pero la vida real es un montón de sal.

Yo también te tengo que pedir perdón. Siento ser tan suspicaz, tan tímido, tan paranoico. ¿Podrás perdonarme? ¿Podremos convertirnos en niños, divertirnos y soñar? Sólo demuéstrame que me has elegido. Ya me has mirado colorada alguna vez, has tenido algún gesto furtivo y nervioso, me has sonreído, ahora tienes esa ilusión de la que hablaba. Pero soy muy desconfiado, la vida me ha enseñado a serlo por necesidad. ¿Y si me dijeras "te quiero"? Confiaría en ti. ¿Y si cogieras mi mano? ¿Y si apoyaras tu cabeza en mi hombro? ¿Y si dieras la cara por mí en una situación adversa? ¿Y si me defendieras de alguien que me increpara, que me dijera, por ejemplo, el eterno: "Tienes que hablar más"? Cogería tus manos y las besaría con tanto cariño. Tú, que habrías sido la primera en preocuparte por mí, serías la primera y a la única a la que podría amar.

Pero de qué sirven los condicionales en la vida real.




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